Reaprendiendo a mirarme

Este texto lo escribí mero regresando de mi primer viaje a Chiapas, a territorio zapatista,  respondiendo a una convocatoria de La Crítica, donde salió publicado originalmente, en marzo de este año (este es el link).

 

Según no hay que sentirnos mal por lo que la gente dice de nuestro cuerpo.

Según lo importante es lo que somos por dentro.

Pero el cuerpo nos transporta, lo habitamos; es nuestro primer ecosistema, personalísimo, íntimo. Con él nos relacionamos con el mundo, pero más importante, con nosotras mismas.

Y entonces, ¿cómo le hace una para no sufrir cuando por todos lados hay señales que le llaman gorda, negra, narizona, patilluda, changa, fea, chaparra, bruja, como si fueran insultos?

Yo me lo creí todo, durante treinta años, máso, y encima le añadí más. Yo misma añadí lo peor.

Hacia los meses en que mi amor propio y autocuidado tocaron fondo, me enfermé (yo a mí, sí). Nada grave, pero en todo el cuerpo tenía una molestia específica mayor o menor, chingando todo el día.

Tenía los ojos apagados y mi sonrisa era de esas sonrisas con las comisuras hacia abajo.

No soportaba mi imagen y a veces pasaba frente al espejo y me detenía solo para mirarme y aborrecerme, me encontraba los ojos que yo llamaba de estúpida, y me insultaba en voz alta.

Pendeja era lo que más me decía.

Estúpida. Pendeja. Pendeja. Pinche ridícula.

De a una cada vez, no dedicaba grandes ratos a insultarme. Era de pasadita y luego volvía a hacer mis cosas normalmente, al cabo el desprecio me lo llevaba ya puesto.

Entonces estaba en una relación con una chica que entre más me apagaba, menos me quería y yo me apagaba más mientras menos me quería. Ella, según yo, pero la que se estaba queriendo menos era yo.

Cuando nos separamos, las caricias que le hacía a la hora de dormir me las empecé a hacer a mí, en las cejitas.

Fue el primer gesto tierno hacia mí misma desde que hacía como trece años, estando con otra novia, por equivocación me di un besito en el brazo en lugar de a ella.

Caricias de cejitas. Por el momento no tenía fuerza para mucho más, pero tengo una familia maravillosa y unas amigas tremendas que, con paciencia, me acompañaron, nos alimentamos, me escucharon, nos reímos, nos abrazamos y nos dejamos claro entre todas, entre todxs incluyendo a mi hermano, que eventualmente sanaría.

Como siempre.

Y como siempre, la certeza de esa sanación por venir me motivaba a seguir trabajando en mejorarme y me daba un poco de alivio tras las horas de sana diversión que pasaba llorando mi desgracia.

Pero faltaba algo, además de tiempo.

Mi amor y cuidado a mi habitación llegaron acompañados de una clase maravillosa de acondicionamiento físico, un espacio íntimo donde ocho (o a veces once o a veces cuatro) mujeres juegan como niñas a correr, dar maromas; recuperan la elasticidad perdida durante años de retraimiento, se paran de manos, ríen, con una visión: soltar el miedo y vivir desde el amor.

Trabajamos entre hermanas de proceso, de sanación y de carretitas de esas para caminar de manos.

Vamos descubriendo y jugando lo que cada cuerpo puede ofrecer, sin violentarlo ni exigirle lo que no le toca hacer.

Nos habitamos.

Trabajamos apoyándonos, celebrándonos, admirándonos respectiva y mutuamente, sin competir y como se recomienda por ahí, porque amamos nuestro cuerpo, no porque lo odiamos.

Y se siente divino.

Llevo casi ocho meses en la clase y a la par me he permitido recibir todo el amor y cuidados de quienes me aman, honrándolo, o sea sin alimentar a mi chillona interna que cada vez jode menos diciéndome que soy una carga.

Soy amada y amo, y se siente divino.

 

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Y esta soy yo, de colores y con colores.

Y mi lluviedad es divina, así con sus pelos, porque son suaves, porque son protección y vida.

Así con sus carnes abultadas y granos en ciertas regiones porque en cada lonjita y cada granito vivo yo, diosa en mí.

Con todo y celulitis porque es cuerpo auténtico, trabajado, descansado, sobreviviente al abandono de la que lo habita, pero fuerte siempre, expectante de retomar el movimiento y la caricia.

Con todo y gravedad, que solo intenta evitar que mis senos se crean tan celestiales que se vayan volando al cielo con todo y Lluvia, a pesar de que acá abajo hay muchas cosas chingonas de hacer.

Con todo y manos pequeñas, con todo y pies de torta, con todo y piernas gruesas, fuertes, cortas de longitud pero infinitas de alcance.

Las estrías marcan donde mi piel se ha ceñido a mí, en un abrazo lento y amoroso porque es de vida.

Mi bigotito me cuida los labios, me guarda polvo de galletitas para más tarde cuando las como.

Mi uniceja, mis pestañas lacias y hacia abajo me protegen los ojos, y los ojos, miopes, me dejan mirarme al espejo y reconocer a esta perfecta mujer imperfecta que ya amaba su cuerpo desde antes de enterarse y últimamente solo se ha ido descubriendo.

Espera lo que sigue, y se siente divino.

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